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  Cine
  Un lugar donde quedarse
 
Por Jose Manuel Robado

El director y productor británico Sam Mendes desembarcó en el mundo del cine en 1999 con la celebrada American Beauty, con la que ganó el Óscar a la Mejor Dirección. Aunque pudiera parecer que se otorgaba tal galardón a un novato, Mendes ya era un prestigioso director teatral en los escenarios británicos, llegando a dirigir la Royal Shakespeare Company.

 

Semejante bagaje no podía desaparecer al cambiar de medio. Aunque ha dado grandes muestras de capacidad para encontrar fórmulas narrativas puramente cinematográficas, en sus cintas siempre se respira cierto ambiente teatral. Su gusto por los rodajes en interiores, los conflictos en las relaciones de pareja y los diálogos densos le han valido alguna crítica desfavorable, pero la balanza final se decanta a favor de un cineasta que siempre busca un plus de intensidad y trascendencia en el entretenimiento al que se está viendo abocado el cine.

 

Un lugar donde quedarse, a pesar de tratarse de un experimento insólito, no deja de ser una película característica de su director. Tras la intensa Revolutionary Road (2008), que acaparó premios para su protagonista y esposa en la vida real Kate Winslet, Mendes leyó un divertido guión de Dave Eggers y Vendela Vida. Éste no sólo le llamó la atención por su humor si no porque parecía una imagen invertida del que acaba de rodar con Winslet y Leonardo DiCaprio, la historia de una pareja a la búsqueda de su identidad. Sólo que en esta ocasión la búsqueda terminaba en un final feliz. Mendes aceptó el proyecto para lo cual tuvo que renunciar a dos de sus peticiones habituales como realizador. No dispondría de mucho tiempo ni para ensayar con los actores ni para rodar, al tratarse de una producción muy pequeña. Tampoco podría contar con su  equipo técnico habitual entre los que se encuentran algunos de los profesionales más prestigiosos del sector: el músico Thomas Newman, el director de fotografía Roger Deakins...

 

A juzgar por el resultado, ninguna de estas carencias han hecho desfallecer al cineasta. El resultado de la cinta es una comedia de buen pulso, una peculiar road-movie en la que sus protagonistas, los atinados John Kaprinsky (conocido por la serie The Office) y Maya Rudolph (Saturday Night Live), recorren los Estados Unidos tras conocer su paternidad a la búsqueda de un modelo familiar que aplicar a sus desordenadas vidas. En el camino nos dejan un hilarante retrato de la clase media americana y alguna reflexión vital sobre el hecho de ser padres, ese momento en el que termina la libertad de los progenitores para que comience la de sus vástagos.

 

-        La sintonía de su pareja protagonista.

-        Su falta de complejos con el abanico de personajes y su carácter de película menor.

-        Las canciones de Alexi Murdoch

 

-        Cierto afán buenrrollista que le resta veracidad

-        El ajuste del montaje al cambio de ritmo de las canciones.  








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