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  Cine
  Millenium: Los Hombres que no Amaban a las Mujeres
 

Por Gustavo E. Castillo

Nos encontramos ante un thriller donde un periodista, Mikael Blomqvist es condenado a  prisión por difamaciones. Mientras se prepara la apelación, recibe un extraño encargo por parte de un magnate de nombre Henrik Vanger. Tiene que investigar la desaparición y posible asesinato de su sobrina cuarenta años atrás. Lisbeth Salander, una especie de hacker informática que investiga a Mikael, decidirá ayudarle en su aventura.

Si existe un rasgo que destaque en la película, nos referiremos a una explicitud casi obscena, que domina de principio a fin para suplir sus carencias dramáticas. En realidad, no deberíamos hablar de carencias, sino de una clara incapacidad de desarrollar un discurso fílmico. Ya es sintomático que el tema central de la película gire en torno a conceptos recurrentes como el antisemitismo y la violencia machista, con la aparición del fantasma de los nazis de por medio. Conceptos que son utilizados como excusa narrativa más que como verdaderos temas. Se tratan de un modo maniqueo y vacío, expuestos como anécdotas macabras. Por ejemplo, en las secuencias de las violaciones a Lisbeth, el hecho de asistir a estos momentos no es necesario para el desarrollo narrativo o dramático. Y, a nivel formal, lo único que encontramos es un aumento del ritmo en la planificación como ilustración de la violencia. Sin embargo, toda esa tensión rítmica se atenúa al introducir un plano general en medio de toda la serie de planos cerrados, de modo que el sufrimiento del personaje nos llega básicamente a través de sus gritos. Podría parecer que estas secuencias nos hacen conocer el carácter frío de Lisbeth, cuando descubrimos que ha gravado la escena en video. Pero, ¿no hubiera sido mucho más impactante ver a Lisbeth entrar en el piso de su tutor, y verla en la siguiente secuencia apaleada como aparece, obviando la violación? Por un lado, te ahorras metraje, lo que hubiera sido de agradecer; por otro, utilizas el sonido de la videocámara y la elipsis como elementos dramáticos, sugiriendo sin mostrar, haciendo que el espectador complete la información por sí mismo, consiguiendo así mover los resortes de su subconsciente, ya que al fin y al cabo, de eso trata la expresión artística.

A modo de colofón, llegan los últimos veinte minutos de película donde, ya solucionada la trama, se nos explica lo que en realidad preferiríamos no conocer. ¿Es necesario el encuentro de Lisbeth con la madre, para que nos cuenten su pasado tormentoso?, ¿lo es, asimismo, el regreso de la desaparecida para contarnos por qué huyó? Diálogos y más diálogos, vacíos, meramente explicativos, sobre hechos que, por otra parte, son intrascendentes. 

Lo único que parece acertado en esta película son las interpretaciones. A tenor de lo que se ve, parece que estas responden más al trabajo propio de los actores que no a su dirección. Si nos fijamos, todos los actores se desarrollan con gran contención. Las miradas y esbozos de sonrisa de Mikael, por ejemplo, te revelan sus pensamientos con cierta sutileza. En cambio, acciones claramente dirigidas, sobre todo en el personaje de Lisbeth, revelan el trabajo del director y en ocasiones reman a contracorriente. Habría que pensar si la actitud de Lisbeth cuando es violada es la que más se adecua al personaje, o en la secuencia donde se acuesta con Mikael, entre otras...

En definitiva, nos encontramos ante un ejemplo más de lo que impera hoy en día en el cine. Películas obvias, saturadas de sensacionalismo y huérfanas de expresión cinematográfica. Lo que más preocupa, es el hecho de que esto se esté convirtiendo en un acontecimiento premeditado. Una moda en la que el best-seller de turno tiene que ir cogido de la mano, irremediablemente, de su proyección a la pantalla.








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