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  Cine
  Maps of the Sounds of Tokyo
 

Por Nora Rodríguez Suescun

Tokyo, Japón. Ruido. Mucho ruido. Luces y sonidos que envuelven a una ciudad de belleza impresionante y que nunca parece dormir. Varias personas, demasiada gente. Este es el ambiente en el que se desarrolla la nueva película de Isabel Coixet. La directora plantea una historia de amor  sumergida en la ciudad nipona,  donde el ensordecedor mapa de sus sonidos no permite escuchar los latidos de soledad de algunos corazones.

La historia es bastante sencilla. Una chica se suicida y su padre, incapaz de superar su pérdida, decide acabar con el  novio de la joven, David (Sergi López), al que culpa de su muerte. Para ello contrata a una experimentada asesina a sueldo, Ryu (Rinko Kikuchi).  Ella acepta la misión pero las cosas se complican. Ryu, japonesa asocial y enigmática, se enamora de David, macho ibérico español perdido en Tokyo y sin rumbo claro en su vida. Un argumento sin duda interesante pero que no termina de convencer precisamente porque no deja de ser eso, un argumento. No hay un desarrollo, ni una profundidad ni, sobre todo, un guión que defienda que lo que hemos visto en realidad es un cortometraje que se ha alargado innecesariamente y se ha adornado con un estilo visual muy bello y con una voz en off irrelevante y molesta.


Desde el punto de vista del guión, la película no se sostiene. Principalmente porque los más de 90 minutos de metraje no pueden girar únicamente alrededor de ellos dos. Sin embargo, ese no es el problema más importante. La historia podría funcionar si la relación entre David y Ryu fuera especial e interesante, pero no es el caso. No congenian, no hay chispa. La relación de esta pareja es de lo más artificial que se ha visto últimamente a pesar de sus numerosos y explícitos encuentros sexuales en unos locales típicos de allí. No hay química entre ellos. Tampoco la actuación es precisamente espectacular, aunque Rinko Kikuchi está más acertada que Sergi López, que por momentos no se sabe por dónde le pega el aire.  El otro fallo importante del filme es la voz en off que pertenece al principal secundario de esta historia, un anciano japonés que se dedica a grabar todo tipo de sonidos y luego emplearlos como fuentes sonoras para diferentes actividades. Mantiene una curiosa relación con Ryu, ya que parece saber en todo momento cómo se siente o que piensa pero no hablan. Comparten momentos de intimidad en los que solamente comen, miran su alrededor y permanecen en silencio. Resulta molesto que Coixet tenga que recurrir a contar lo que no es capaz de plasmar ni a través del guión ni de los personajes.

Argumentalmente, pues, la película no cuaja. Sin embargo, ¿qué pretende contarnos la directora de la genial “mi vida sin mí”?  Hay que plantearse si lo que realmente desea mostrarnos es un thriller romántico, que es lo que esperamos nosotros, u otra cosa. La profundidad de los acontecimientos es pobre pero el contexto formal en el que se desarrolla es bastante destacable.     


A lo largo del filme van surgiendo en la pantalla una serie de estampas de la ciudad que Coixet quiere destacar y compartir con sus espectadores. Son imágenes y sonidos. Imágenes sueltas y llenas de color que se insertan. Sonidos mezclados. Ruido de los coches, sorbos de la sopa, gritos de la gente, bullicio popular...  Los aspectos audiovisuales se presentan como diferentes piezas de un puzzle. Van fluyendo a lo largo de los minutos y se intercalan de vez en cuando en la historia. Son pinceladas que el espectador tiene que unir y relacionar con el ensordecedor ambiente que le rodea.

Así pues, la película no pretende ser una gran historia sino un gran mapa. Un conjunto de imágenes y sonidos que muestra para que tú mismo engranes las piezas y asimiles su particular visión de Tokyo. Es un guiño a Tokyo, una ciudad que apasiona a la catalana, a través de un único protagonista: el sonido. Utiliza una técnica muy sensible y cuidada que tiene que ver más con la poesía que con el séptimo arte. Con un estilo muy oriental, nos narra su historia como si fuera un haiku. Ritmo lento, cámara prácticamente pasiva que capta lo que sucede a su alrededor… Sobriedad.  Un collage audiovisual dentro de la que se esconde un mensaje muy sencillo. Y es que da igual estar en medio de una metrópoli hiperpoblada o en la más absoluta soledad del círculo polar, porque hay un lenguaje universal, el amor. ¿Y para eso se ha tenido que ir hasta Tokio y contarnos una historia que prácticamente nadie se cree? (Dicen algunos) Ciertamente, no es la típica película que estamos acostumbrados a ver pero si algo tiene Isabel Coixet es una manera diferente de contar las cosas, y eso siempre se aplaude.

 









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