Cine
  Pi
 
Por Nora Rodríguez Suescun

Además de una compleja serie numérica que nunca parece terminar, PI es el título de la ópera prima de Darren Aronofsky (Réquiem por un sueño). Una película  que no deja indiferente a quienes la vean. Con una estética impresionante que en numerosas ocasiones recuerda al expresionismo alemán, por su fotografía en blanco y negro y su iluminación llena de sombras y contrastes que crea un ambiente inquietante, el director plasma en la pantalla algo tan complejo y abstracto como es la OBSESIÓN. Ese círculo vicioso y destructivo en el que el ser humano se ve envuelto muchas veces.

 

A modo de thriller de ciencia ficción, PI nos narra la historia de Max, un neurótico, paranoico y asocial prodigio de las mates que, en ocasiones, debido a la presión a la que se somete, sufre ataques mentales. Vive obsesionado con encontrar cuál es el código de números que controla todo lo que pasa en el universo, ya que cree que las matemáticas son el lenguaje universal y todo se puede entender mediante números. En medio de su obsesiva búsqueda, descubre una serie de 216 números. Él cree que se trata de un simple error informático, pero en realidad es un código que representa una predicción, por lo que se convierte en un codiciado tesoro tanto para unos avaros corredores  de Walt Street que quieren saber qué pasará en la bolsa, como para un grupo de judíos que están convencidos de que ese código es el auténtico nombre de Dios. Así pues, Max (interpretado por un genial Sean Gullette, que borda el papel de demente obsesivo), se ve perseguido por ambos grupos hasta el punto de correr un grave peligro
.

 

Aunque hay que admitir que en ocasiones el filme provoca una sensación de reiteratividad, resulta muy difícil despistarse y salirse de él, gracias principalmente a la increíble realización y al sonido que tiene. Movimientos rápidos de cámara, inserción de imágenes sueltas a lo largo de la película… Desde los títulos de crédito intuimos cómo se nos va a contar la historia. Un montaje rápido y envolvente que se va acelerando según el estado en el que se encuentra Max. La música, principalmente electrónica, es inquietante y rápida. Representa el funcionamiento de la mente de Max y retumba en los momentos en los que el protagonista sufre sus colapsos mentales, cada vez con más frecuencia. Todos los aspectos audiovisuales son alucinantes y poco a poco se van convirtiendo en caos, locura, obsesión. En definitiva, destrucción. Sin embargo, no todo es así. También hay instantes de calma en la realización que permiten descansar al espectador. Son esos momentos en los que Max sufre sus ataques y que cree despertarse en situaciones paranoicas y  fantasiosas, llenas de claves y estampas surrealistas. Esos momentos oníricos, son de lo mejor de los 85 minutos de metraje y  están  narrados de una manera increíble, llegando a recordar incluso, y salvando las distancias, al cineasta sueco Ingmar Bergman.  Aronofsky demuestra una concepción de los sueños y del significado de lo absurdo, digno de alabar.

           

En definitiva, un auténtico “cine independiente” que, con un ridículo presupuesto, logra narrar algo diferente,  interesante y, sobre todo, inteligente.








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