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  Cine
  Solomon Kane
 
Por José Manuel Robado


El brillante Robert E. Howard dejó en sus apenas treinta años de vida dos personajes que forman parte de la memoria colectiva: Conan, el guerrero cimerio; y Solomon Kane, el héroe puritano del siglo XVII. El primero ya ha visto sus aventuras trasladadas a la pantalla de cine aferrado a los incontables músculos de Arnold Schwarzenegger. El segundo ha sido iluminado por primera vez en celuloide en estos primeros días del 2010.

 

Lejos quedan aquellos relatos novelados que su autor publicaba en revistas de misterio y terror (pulp, en su denominación original) en la década de los 30 del siglo pasado. Sin embargo, el vigor y la aventura vital de sus personajes no ha desfallecido con el paso del tiempo. Más bien al contrario, tienen una extraña vigencia.

 

Solomon Kane (James Purefoy) es un guerrero que redime su culpa luchando por su Dios. La pesadumbre de lo que hizo en su juventud, despeñando a su hermano mayor por un acantilado, y la rebeldía en contra de su padre, noble señor feudal, le hacen vagar por el mundo expiando su pena por medio de eludir cualquier tipo de violencia. Su encuentro con la piadosa familia Crowthorn le afirmará en su creencia, a pesar del caos que las fuerzas del mal siembran a su alrededor. Malachi siembra desde su castillo el terror en todo el territorio, sometiendo con su magia a los fuertes para que le sirvan y premiando a los débiles con la muerte.

 

Los relatos de Howard se enmarcan dentro del género denominado “espada y brujería”. Y las cintas que resultan de su adaptación se adscriben sin más problema al mismo género. Solomon Kane tiene la virtud de superar un escalón más de calidad cinematográfica que sus hermanastras, las adaptaciones de Conan. La película escrita y dirigida por el estético y joven Michael J. Basset (Deathwatch, 2002) tiene una de las más metafóricas y excelentes ambientaciones medievales que se hayan podido ver, donde la climatología pasa a ser un condicionante fundamental de la enajenación de la fe que sufren la mayoría de los personajes de la narración. La lluvia, el barro, la nieve y el viento son constantes en el film, trasladando al patio de butacas el malestar de la situación vivida por los personajes.

 

James Purefory, que se dió a conocer por su interpretación del emperador Marco Antonio en la excelente serie Roma, encarna con gran eficacia al héroe peregrino. Rachel Hurd-Wood (El perfume, Dorian Grey) representa a la perfección la inocencia y belleza de la fe que Kane quiere preservar. Los veteranos Pete Postlethwite y Max Von Sydow rematan el ajustado reparto de este recreación medieval de la que ya esperamos sus secuelas.

 

Lo mejor

 

-        El alejamiento de James Purefoy de los tics al uso en este tipo de héroes.

-        La excelente ambientación climatológica de la cinta.

 

Lo peor

 

-        La endeblez del personaje de Malachi, sobre el que parecían recaer más escenas de las que se ven en el montaje final.

 






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